Jaime Icho Kozak

  • Licenciado en Psicología, por la Universidad del Museo Social Argentino, en Buenos Aires (1973, Argentina) y por la Universidad Complutense de Madrid (1979, España).
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Psicologo y Psicoanalista

Comentario de MANOS FORASTERAS por Teresinka Pereira

Hay muchas coincidencias en esta vida. Tengo en mis manos un nuevo libro del poeta amigo de tantos años, tan forastero en Madrid como lo soy yo en los Estados Unidos. Es la medianoche, mi hora predilecta de leer y escribir. Miro la contraportada del libro y leo: “Ahora/ es medianoche/ y vienen los nombres/ buscando rastros” (“Ritmo quebrado”). Un poema que “desglosa” el pasado y en el cual JIK afirma: “Lo que importa es el intento” y termina: “El resto no es asunto mío”. Y antes de abrir el libro me pongo a pensar: eso debe ser el tema del poemario. Creo que es el tema de todos los libros de poesía. ¿Cuál sería nuestra posesión más importante que el pasado y cuál sería nuestra más valiosa contribución a la vida?

¡Honor para los que intentamos! El mismo poeta Goethe lo declaró a su tiempo que “El que se esfuerza en una aspiración constante puede considerarse salvado”. De acuerdo con Goethe y aplaudiendo a JIK, considero que los poetas se salvan siempre, y cuando nos morimos vamos al cielo y nos hacemos inmortales. Principalmente si el intento está en el amor.

Sí, ahora que ya voy por el medio del libro encuentro entre unos versos y otros, la prueba de que el tema del pasado/ amor es su nota más caliente y el fruto más jugoso. De toda la vida, lo que se salva es el intento del amor, al mismo tiempo en que el amor es el recuerdo y la permanencia viva de lo que hemos sido: “Rostros vislumbrados/ en rendido amor,/ evocan jazmines/ vagas memorias”(JIK). Y ¿qué aprendemos los poetas del amor, mientras vivimos? Víctor Hugo decía que “La desgracia educa la inteligencia”.
Yo pienso que, no sólo educa, sino que a veces la traumatiza. El amor se transforma en una adicción en nuestro sistema emocional. Y el vicio del amor no se nos quita con la fuerza de la voluntad, como el tabaco o el deseo de comer cuando estamos a dieta. Siquiera nos curan las malas experiencias del pasado.

Al leer el poema “Ritmo quebrado” por completo, uno de los mejores del libro, me doy cuenta que la memoria es una permanencia concreta, un sentir como que tocando una piel o unas piernas que hemos amado. El poeta dice:

Ebrio de conjugaciones,
vuelvo
a la memoria del cuerpo
y a interioridades
que no dejan de pasar,
cada mañana,
por los espejos. (p.41)

Recuerdo unos versos de Maiacowsky, que hace tiempo he leído, y en los cuales él se dirigía a los amores del pasado, como si fuera en una canción, diciendo que eran sus “iconos guardados en un corazón caverna”. Me gusta esa historia de que es el corazón de sangre el que guarda la memoria del amor. Prueba de que la memoria no es espiritual sino corporal, y también lo afirmaba George Sand: “El espíritu busca, pero es el corazón el que encuentra”. Aprendimos a amar en los versos clásicos y aprendimos a contradecirlos en los versos liberados. En el poema “La aventura interior” JIK dice:

Otras voces
agitan corazones acelerados,
en ajustadas máscaras,
iguales a sí mismas o duplicadas,
para volver silbando de observatorios extranjeros
al repetir, siglo tras siglo,
tradicionales maneras del amor. (p.53)

En “Calles de España” el forastero recuerda su pasado junto al pasado del país extranjero. Es uno de los poemas más herméticos del libro, por ser tan íntima la memoria genética de su europeidad y su vivencia de una vida en una Argentina americana, casi tan dolorosa cuanto la opresión político-racial en ambos continentes.
El poeta dice:

Orígenes perdidos
aplacan plegarias en laberintos
y el ansia
de generaciones y hermandades,
arrastra por calles de España
la buena voluntad
de dar sombra
a misterios
de muertes inalcanzables.(p.68)

Y en su “Manos forasteras” confiesa la incertidumbre:”A veces, pienso cómo sería/ que mis manos supieran divagar / por la calle veteada de dioses legibles(...) donde traspaso mi propia frente / hasta perder el eco del alma / en recintos secretos” (p.70) y entonces me fijo que otro tema del libro es la incertidumbre, ya tratada en un poema puesto en una páginas anteriores, y que lleva el título de “Jamás la salud fue tan mortal”. Claro que el ser humano y muy principalmente el poeta vive de incertidumbres nacidas de las propias certezas. Nuestros mayores nos han enseñado que la vida es un siempre estar empezando, que seguramente tenemos que seguir no importa lo que nos pare, porque con certeza seremos interrumpidos antes de terminar. Y dicen que eso es la filosofía popular, lo que hace sentido. Y aunque no nos importa lo que dicen los viejos, JIK sabe que la incertidumbre es la única certeza con la cual contamos en nuestra historia:

Acaso el dolor pueda estar en la solapa,
la cartera en el pecho cuando
la incertidumbre
acechan,
escondidas entre obispos
maltrechos y protestas
que se alejan(p.65)

El autor Jaime Icho Kozak es psicoanalista y debe saber, mejor que nadie, que la ansiedad es la culpa del futuro, es la casi incertidumbre de nuestros pecados aún no cometidos, pero ya programados en la base de la “saudade”. ¿Y la “saudade”, que cosa es? Es la añoranza de nuestras culpas, las fiestas y los demonios que nos han hecho felices pecadores en el pasado. La saudade es portuguesa, trasladada al Brasil, en donde somos campeones y pecadores llenos de felicidad. Termino aquí, porque ya es de madrugada y la noche la pase de maravilla con los versos de JIK.